Gothia (Marquesado) / Marca Hispánica

Gothalaunia (Origen etimológico)

La marca de Gothia  o marquesado de Gothia Gotia era una unidad militar y administrativa del Imperio Carolingio, situada en el extremo sur de los dominios de Carlomagno y de sus sucesores. Abarcaba el territorio del actual Languedoc y mitad norte de Catalunya; es decir, poco más o menos desde el delta de la Roina hasta el del Llobregat.

Había sido creado en el año 750 por el rey Pipino «el Breve» (hijo menor de Carlos Martel, y padre de Carlomagno) a partir de la primera expansión hacia el sur de los carolingios (Nimes, Magalona, Carcasona). Estaba subdividido en varias unidades (también militares y administrativas) que se las denominaba condados. Barcelona fue uno de estos condados, y la ciudad era la que ejercía la capitalidad regional. Barcelona era uno de estos condados, y la ciudad era la que ejercía la capitalidad regional  (la Marca de Gotia). 

Se aplicaba tanto a la Septimania como a la hoy llamada Cataluña Vieja. El nombre de Gotia se usó porque esta zona había sido parte del reino visigodo desde el siglo V y muchos nobles visigodos se habían refugiado en la zona tras la conquista musulmana de la península ibérica.

La Gotia estuvo ocasionalmente regida por duques. El duque (dux) era uno de los condes del territorio que había conseguido regir varios de los condados vecinos; si estos condados eran, además, fronterizos, podía ostentar también el título de marqués (marchio). El último gobernante que ostentó el título de duque de Gotia fue el conde de Barcelona Borrell II.

En el siglo XV algunos humanistas catalanes, en un intento de superar las teorías acerca de un personaje legendario denominado Otger Cataló (Otger de Gotland) sobre el origen etimológico de Cataluña, supusieron que esta palabra derivaba del latín Gothia Launia (país o tierra de godos).

 

La equivocada denominación «Marca Hispánica»

Extracto del Artículo publicado en LA VANGUARDIA (08/11/2015) Autor Daniel Fernández

Ej historiador Pierre Vilar afirmaba sin dejar lugar a la duda que la marca hispánica, como tal, nunca había existido. Otros historiadores se refieren a ella como un cultismo de escasa utilización y casi nula entidad en su tiempo y, sin embargo, la idea de que la monarquía carolingia, los francos, dominaron una entidad administrativa y militar llamada la Marca Hispánica y que fue el origen de lo que hoy conocemos por Catalunya tiene un hondo arraigo en nuestras creencias y aspiraciones. Es más, el tópico se repite sin análisis ni crítica. Y sin embargo, y para decirlo en el breve espacio de un artículo de diario, la marca carolingia, la frontera armada que defendía el reino de los francos de los distintos reinos musulmanes peninsulares, fue un conjunto de condados variopinto que daría origen, es cierto, al reino de Navarra y a los condados aragoneses y catalanes. Y finalmente, si nos ponemos estupendos, fue más una denominación geográfica que el concepto político-administrativo que a menudo se pretende.

Ramón de Abadal, por poner otro ejemplo, también lo ha dejado escrito y estudiado. Es más, en un salto sin red del siglo IX al XVII la recuperación o la invención del término Marca Hispánica tiene que ver con la gran guerra patria y su mito -hasta la llegada de la guerra de Sucesión y la derrota de 1714-, o sea, con la Guerra dels Segadors y el que fue entonces visitador general de la ­monarquía francesa en el Principado de ­Catalunya.

Pero permítanme que dé un giro y hable de lo que pretendía, que es lo mismo pero también otra cosa¿ Catalunya, pequeña nación entre España y Francia (aunque en verdad sea Andorra, tan de actualidad hoy en día, el resto medieval más evidente de lo que fueron los dominios francos en la península ibérica). Ferran Soldevila y demás. Y nosotros mismos, los más franceses de los hispanos, los catalanes, las gentes que somos el Norte del Sur. Pau Claris, por poner otro ejemplo obvio, se declaró vasallo del rey francés. Y si hemos tenido una voluntad de ser, también es evidente que hace siglos que algunos soportan la condena de estar, es decir, que nuestra realidad física nos hace ibéricos, hispánicos. Hijos de Hesperia y de Gotia, si se quiere. Pero es lo que hay, porque en nuestras aventuras de retorno y sumisión a Francia sólo conseguimos perder los territorios al norte de los Pirineos. Y que fuesen Francia, en efecto.

Iberia, Hispania, son conceptos geográficos mucho más que políticos. Hablamos, desde Estrabón y antes incluso, de una península delimitada por los Pirineos y el mar. Y en ella se han sucedido naciones, fronteras, religiones y dinastías. Y tras todos estos años, y tras la invención -si me permiten llamarla así- de la nación española, que bien podemos vincularla a la guerra contra el francés, y por lo tanto a la denominada guerra de la independencia, pues es palmario que ha habido episodios como 1640 y sus consecuencias. Pero también es cierto, y es a lo que iba, que nuestra esencia, digo la de los catalanes, también es ibérica y, evidentemente, hispánica. Y que la negación de ese hecho me temo que ineludible explica parte de los lodos en los que andamos. Porque hay una marca, no en el sentido de frontera, sino de impronta, de huella, que los siglos en común nos han dejado. Nuestra marca hispánica, parte de nuestra esencia, con perdón por hablar en términos románticos.

Demasiadas veces he escuchado a compatriotas decir que los españoles son esto o aquello, que no nos entienden, que son distintos y que somos distintos. Hay, como mínimo, un sentimiento de diferencia de lo catalán frente a lo español. Y a menudo hay un complejo de superioridad y hasta un desprecio de lo hispano, del que muchos no se sienten parte. Y ahí es donde me parece que deberíamos revisar nuestro juicio y nuestra autocomplacencia. Y pararnos a ver que somos una marca hispánica, una parte de algo que tal vez se quiera sólo geográfico, pero que también es histórico. Porque, además, los mismos condados carolingios y su bastante impostada denominación culta sirven para un fregado y un barrido. La marca hispánica lo mismo demuestra la españolidad (tal cual) de Catalunya para unos como prueba nuestra radical diferencia para otros. Charlas y discusiones de barra de bar, me temo. Porque casi nadie se molesta en estudiar, leer, conversar y aprender.

Uno de los peores errores del nacionalismo catalán es, a mi juicio, el de negar entidad de nación a España. No puede haber sentimiento nacional español porque es un Estado fallido y autoritario, se nos viene a decir. O sea, que nuestro advenimiento como Estado soberano es sólo cuestión de tiempo y responde casi a inexorables leyes cuasi científicas. Pero lo cierto es que no somos una isla, sino que Catalunya es parte de esa Hispania de historia diversa y complicada. Catalunya es hispánica, es ibérica. Y debería reconocerlo cuanto antes, porque sólo desde la aceptación de la vecindad se puede defender la diferencia. No soy, dejen que lo escriba con claridad, de los que creen que el llamado proceso vaya por buen camino. Pero es que no aceptar que somos parte de la herencia hispánica es como ser cristiano y no saber que vive en nosotros la marca de Caín. También.